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EL EMPECINADO FANTASMA DE MARX


Pocas veces un libro llegó a mis manos tan oportunamente. Sesionaba en La Habana el tercer encuentro "Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI" mientras yo leía con avidez "El Fantasma de Marx", de Juan Benemelis. La habitualmente lúcida argumentación de Benemelis obró de antídoto. Me ayudó a reorganizar el desorden de ideas que dejó mi época de pésimo estudiante de marxismo leninismo en los ya lejanos años 70.

Me es imposible abordar el tema de Marx sin zarpar del puerto de la decepción. Me asombra la resistencia del mito marxista a los descalabros de la historia y de la vida. Es una de las grandes sagas de la terquedad y estupidez humana en su lucha por imposibles costosos e inútiles.

Carlos Marx no anticipó cómo funcionaría la economía en las sociedades socialistas. Cegado por el determinismo económico y aspirando a la destrucción del Estado, tampoco elaboró una ciencia política. Confió demasiado en que el capitalismo contenía su antítesis proletaria.

Su análisis, dogmático y seudo científico, limitó la historia de la humanidad a un aburrido recuento del desarrollo de las relaciones de producción en Eurasia. El resto del mundo quedó olvidado en su esquemática y artificial construcción teórica.
Marx se encaprichó en atribuir el origen de las clases sociales a las relaciones de producción y a la condición jurídica de la propiedad. No le dijo nada el hecho de que esclavos y siervos fueron meros espectadores en las pujas entre esclavistas y colonos o entre la nobleza feudal y la burguesía.

Las profecías de Marx fallaron estrepitosamente. La globalización capitalista no tiene nada que ver con el capitalismo que previó Marx. Resultó que el majadero de Berstein tenía razón en cuanto a la capacidad de adaptación del capitalismo.

Hoy, en definitiva, ni el Estado en los países capitalistas desarrollados es un instrumento de la burguesía ni los Estados del socialismo real fueron instrumentos al servicio del proletariado.

En ningún sitio fue más patente el fracaso del marxismo que en los países donde logró apoderarse del poder. En ellos no existió la dictadura del proletariado, sino la feroz dictadura del Partido Comunista sobre los trabajadores.

La Revolución Rusa de octubre de 1917 fue uno de los mayores fraudes de la historia. La revolución, que fue más bien un golpe de estado, no ocurrió en octubre sino en noviembre. No derrocó al Zar, que había abdicado meses antes, sino al gobierno democrático de Kerensky. El papel de Trostky fue más decisivo que el de Lenin. El llamado Poder Soviético instaurado no fue el de los Consejos Obreros, sino la dictadura del Partido Comunista.

El Comité Central sobrepasó al Partido. El Politburó, creado con carácter provisional durante la guerra civil, se convirtió en el mega aparato que suplantó al Comité Central. Primero Lenin y luego Stalin, secuestraron el Buró Político.

La misma historia se repitió, más como tragedia que como farsa, en Europa Oriental, China y Cuba. El mito de la Revolución, arrullado por el marxismo, fue la fórmula perfecta para la implantación de tiranías totalitarias en medio mundo. En todas primaron los peores rasgos del capitalismo, la retórica marxista en los discursos, la policía política y los gulags.

El Renacimiento y las Revoluciones Francesa y Americana rescataron al individuo de las tiranías teocráticas y le garantizaron derechos y libertades. Los regímenes marxistas jugaron un papel retrógrado al imponer al estado sobre el individuo y conculcar sus libertades civiles y políticas.

El marxismo fue el cuerpo legitimador de las dictaduras comunistas. Marx no avizoró, como Bakunín, la emergencia de una nueva forma de propiedad, la de la nueva clase. Dirigentes, burócratas y militares, invocando los intereses de los obreros, se atrincheraron con sus privilegios tras el Estado, el Partido Único y la administración de empresas.

En las sesiones habaneras del evento marxista proyectado al futuro, el inefable presidente del monocorde parlamento cubano, Ricardo Alarcón, en plan de Gran Magistrado de la causa perdida, abogó por la vigencia del pensamiento de Marx.
"No como verdad acabada y perenne", dijo, "sino como manantial de sugestiones para seguir luchando en las condiciones prácticas y concretas del mundo contemporáneo, con un capitalismo hegemónico pero en fase terminal".

Vaya fe inconmovible y jihaidista en el Profeta de Soho la de Alarcón.
Como si hablara de extraterrestres, Alarcón atribuyó "al dogmatismo filosófico generado en la experiencia soviética" la reducción al mínimo del pensamiento anticapitalista. Alarcón debe saber bien de lo que habla, porque la experiencia verde oliva no difirió mucho de la de sus camaradas moscovitas, georgianos y ucranianos.
Como del árbol caído, los sobrevivientes del naufragio quieren hacer recaer todas las culpas sobre ellos. Como si el estalinismo no hubiera sido la más pura y dura expresión del marxismo. "No una aberración, sino su esencia misma", dijo certero Jean Francois Revel.

¿Acaso no lamentarán Alarcón y sus amigos las debilidades de Gorbachov, Jaruzelski y Honecker? Al carnicero de Georgia no se le hubiera caído el Muro de Berlín. Ni a Cuba la subvención soviética.

Ajenos a la experiencia histórica, olvidados de costos humanos, los que hoy reclaman la vigencia marxista vuelven a apostar por el totalitarismo, la redistribución de riquezas donde no las crean y la planificación económica, centralizada y absoluta. Es el único aporte que les deja un marxismo mal estudiado y peor comprendido.

El marxismo sigue produciendo sus pro hombres. Como ayer, Lenin, Trostky, Stalin y Mao, hoy son Castro y Chávez, traducidos por Heinz Dieterich. La magnitud de los líderes muestra la incapacidad de sus seguidores y la falta de conciencia crónica de las masas. Ellas siempre son incapaces de estar a la altura de sus elevados designios.

Con tácticas difusas y sin nuevos contenidos, el marxismo sigue en crisis, pero pataleando. Los socialismos de hoy, varios y diversos, más que por el marxismo, están conectados por la negación del capitalismo y por el antiamericanismo visceral. Una demasiado pobre perreta para cambiar el mundo.

Delirantes mediums en La Habana o Caracas siguen invocando la infalibilidad del más desatinado de los profetas. El fantasma empecinado y aturdido de Marx sigue recorriendo el mundo.

Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet. CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente.

 

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