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La Guerra Fría se peleó y se ganó sin disparar, en lo que al armamento nuclear se refiere. Nunca americanos y soviéticos chocaron directamente en un campo de batalla, ni la OTAN y el Pacto de Varsovia cruzaron armas.

Los momentos más álgidos se dieron en los sesenta, en ocasión del bloqueo soviético de Berlín, y en la crisis de los misiles en Cuba, cuando el mundo estuvo realmente al borde del holocausto nuclear, y de haberle hecho caso a Fidel Castro, la URSS hubiera lanzado el primer golpe contra Estados Unidos.

En Europa, más de veinte mil tanques, transportadores blindados, miles de aviones, y misiles Pershing y SS2, aguardaban la orden para lanzarse con cientos de miles de hombres sobre el adversario: los mapas estratégicos soviéticos incluían flechas rojas dibujadas hasta el norte de Francia, la Península Ibérica y Portugal, Italia, Grecia y Noruega, y los submarinos nucleares norteamericanos se desplegaban en el Índico, en el Ártico, en el Mediterráneo, en el Pacífico y en el Atlántico para golpear a la Unión Soviética desde todas direcciones.

No fueron cuarenta y seis años de paz, ni mucho menos. Pero los combates se libraron con “proxis”, para decirlo en un lenguaje contemporáneo: representantes de las grandes potencias llevaban a cabo “el trabajo”. Los combates se desarrollaron en Corea, Viet Nam, Angola, Etiopía, Afganistán: participaba una gran potencia, pero la otra se abstenía pragmáticamente y utilizaba a sus proxis.

Francia y Bélgica ponían “orden” en África, mientras los ingleses combatían en Asia y en los mares del sur, hasta su política de abandono estratégico “al este de Suez” en los años setenta. Los soviéticos destrozaban brutalmente la resistencia húngara en Budapest y ocupaban una Checoslovaquia que ni siquiera era reformista, mientras Estados Unidos invadía Grenada y Panamá, sin que ni uno ni otro de los adversarios actuara.

Cuba intervino, a nombre de la URSS, en Angola y Etiopía, y los soviéticos armaron continuamente a Vietnam en su guerra contra Estados Unidos. Los americanos apoyaron a la resistencia afgana y la “contra” nicaragüense, contribuyeron al derrocamiento de Allende en Chile y suministraron inteligencia estratégica a Inglaterra cuando la guerra de Las Malvinas. Los soviéticos armaron a los árabes hasta los dientes, mientras Estados Unidos apoyó decididamente a Israel

En un pacto tácito de grandes potencias, el mundo se repartía en esferas de influencia, se gritaba en la ONU y se suministraba a los proxis, evitando el choque directo, que ninguno deseaba, pues ambos sabían que no se podía ganar.

En 1991 comenzaron las guerras de cuarta generación, con la Tormenta del Desierto. Con la URSS en franca decadencia y nada deseosa de complicarse por la estupidez de Saddam Hussein de invadir a Kuwait, por lo que se mantuvo a la expectativa, Estados Unidos desplegó recursos tecnológicos nunca vistos antes en el mundo, inutilizó los sistemas de comunicación, comando y control irakíes en unas pocas horas, introdujo las bombas “inteligentes” y la guerra nocturna e ininterrumpida, estableció una superioridad aérea que no admitía retos, y expulsó a Saddam Hussein de Irak en varias semanas, y con mínimas bajas.

Toda la doctrina estratégica soviética de las guerras terrestres, basada en la protección ingeniera de las tropas en refugios, defensa antiaérea efectiva, utilización masiva de los tanques y la artillería, y ofensivas fulminantes con medios blindados, se fue al piso en “La Madre de Todas las Batallas”. Los aviones irakíes solo volaron para escapar a Irán, la marina fue neutralizada totalmente, y las tropas terrestres resultaron fácil tiro al blanco para unos aliados que realizaban más de dos mil misiones áreas cada día.

Desaparecido lo que quedaba de la URSS poco después, y aparentemente a buen recaudo su pavoroso arsenal nuclear, las fuerzas armadas de la única superpotencia victoriosa resultaron de pronto demasiado obsoletas. Casi medio millón de hombres con todos sus equipos habían sido movidos al otro lado del mundo en menos de seis meses, pero era algo irrepetible: Estados Unidos podía pelear esa guerra, pero no “una guerra y media” o dos guerras a la vez.

Al siglo XXI se entra con tres grandes direcciones estratégicas para las fuerzas armadas de la superpotencia:

-- La seguridad estratégica del territorio nacional

-- La capacidad de despliegue inmediato hacia cualquier parte del mundo, y

-- Armamentos donde la precisión de los golpes es más importante que la potencia

Los proyectos y acuerdos de defensa antimisiles, en los tiempos de guerra fría, se basaban en mantener desguarnecidas a propósito a Washington y New York frente a eventuales ataques nucleares, a cambio de reciprocidad, verificable de ambas partes, en Moscú y Leningrado: ninguna parte atacaría a la otra si, a la vez, sus principales centros de población y económicos estaban desguarnecidos y recibirían el contragolpe.

Estas fueron las bases de los tratados START de 1972 firmados en tiempos de Nixon y Brezhnev, y modificadas en el START II en tiempos de Carter, que afortunadamente el Congreso americano nunca aprobó.

Pero la desaparición de la URSS cambió las cosas: esos principios de desguarnecimiento antimisiles voluntario a cambio de reciprocidad por la otra parte no valen para naciones hostiles como Corea o Irán, que no vacilarían en lanzar un primer golpe aún sabiendo que la respuesta sería demoledora.

Por eso han sido los esfuerzos de Estados Unidos en la culminación de programas de defensa antimisles comenzados conceptualmente en tiempos de Reagan con la Iniciativa de Defensa Estratégica (“Guerra de las Galaxias”), y que se basan fundamentalmente en crear un escudo electrónico de alta tecnología que haga prácticamente impenetrable el espacio aéreo del país, aunque en realidad aliados estratégicos como Japón, Inglaterra o Italia no quedan protegidos por estos sistemas.

En cuanto a las capacidades de despliegue estratégico inmediato, las fuerzas armadas son transformadas sustancialmente, y las grandes divisiones agrupadas en ejércitos dejan de ser las unidades básicas operativas del aparato militar.

Si en los años sesenta las divisiones norteamericanas tenían entre 12 y 18 mil hombres, en base a su especialidad y misiones, y eran las agrupaciones principales, en el siglo XXI las unidades principales son las brigadas o regimientos, mucho más ligeras y de mayor capacidad de despliegue. Aunque en Irak en el 2003 todavía se hablaba de las divisiones mecanizadas, en realidad son las brigadas, como entidades organizativas, quienes llevan a cabo las tareas operativas.

Una brigada puede tener entre tres y seis mil hombres, formada por tres batallones, sólidamente reforzados con artillería y tanques, y con una impresionante capacidad de despliegue, muchas veces en helicópteros. Y más que de infantería clásica del siglo XX, cada vez más estas unidades, por su entrenamiento, recursos y misiones, son de “tropas especiales”: dislocadas en bases estratégicamente ubicadas alrededor del mundo, como Alemania o Japón, pueden en pocas horas ser movilizadas y trasladadas a zonas de tensión y peligro en África o Asia.

La presencia en todo el mundo de los portaviones, impresionantes fortalezas marinas que constituyen aeródromos móviles, garantizan golpes aéreos efectivos y rápidos como apoyo al despliegue de las brigadas, y los submarinos nucleares, capaces de permanecer meses bajo el mar sin reabastecerse, con sus misiles Crucero, garantizan los primeros golpes en cuestión de horas.

Así, entonces, ante una situación de emergencia, Estados Unidos tiene la capacidad de lanzar potentes golpes convencionales desde los submarinos nucleares, masivas oleadas de aviones de altísima tecnología desde los portaviones, y dislocar tropas terrestres apoyadas por helicópteros, tanques y artillería, en pocas horas.

Ningún otro país del mundo, absolutamente ninguno, ni siquiera China con sus mil trescientos millones de habitantes, tiene capacidad de retar, igualar o vencer el tremendo potencial militar que representa hoy Estados Unidos.

Sin contar que queda en cartera, como “última ratio regis”, como recurso estratégico final, el golpe nuclear de alta precisión sobre Pyonyang, Teherán, Jartum, Damasco o cualquier centro hostil de donde partiera un ataque que lograra penetrar las defensas de Estados Unidos.

A toda esta protección estratégica del territorio, y la capacidad de despliegue inmediato, hay que sumar el tercer elemento, no por mencionado al final menos importante: la utilización de los más avanzados recursos de la tecnología para los sistemas de comunicación, comando y control.

Las imágenes de los B-26 lanzado decenas de bombas en la Segunda Guerra Mundial, o los B-52 con toneladas de explosivos descargándolos sobre Vietnam, son cosas del pasado. La imagen típica ahora es la precisión del fuego, las bombas “inteligentes”, las líneas cruzadas en la pantalla sobre el blanco, y asunto concluido: blanco batido.

En 1991 en Irak el 10% de las bombas eran “inteligentes”. En el 2003, eran el 90%. En Afganistán, soldados de tropas especiales apuntaban con la mirilla de sus rifles a las entradas de las cuevas. La información de geo-posicionamiento pasa de la mirilla a una computadora portátil, (“laptop”) a la espalda del soldado, y a través de comunicación por celular se envía a los aviones, donde otra computadora pone la información del objetivo en la cabeza del misil. El piloto solo debe disparar: blanco batido.

Un golpe nuclear en Tora-Bora destruye el sistema montañoso, y derrite las nieves provocando terribles inundaciones, más la radioactividad. Estos sistemas “inteligentes” de misiles desde aviones van cegando las entradas de las cuevas, sepultando a quienes ahí se escondan y negando acceso a los que pretendan utilizarlas de refugio. Se logran los mismos objetivos, pero sin la devastación nuclear, y, aunque parezca increíble, a un costo comparable o más eficiente.

La gran revolución de los fusiles en la segunda mitad del siglo XX fueron los AR-10 norteamericanos, que redujeron el calibre de 7.65 a 5.25, compensando esta disminución con una mayor cantidad de estrías en el cañón, que al aumentar la rotación del proyectil igualaban en alcance y sobrepasaban en poder de destrucción los AKM soviéticos, siendo a la vez mucho más ligeros con la introducción de las calaminas, permitiendo al soldado americano cargar regularmente 600 proyectiles mientras los soviéticos cargaban 120.

Después de esto, quedaba poco por hacer en ingeniería y balística. Ahora se trataba de la precisión de los disparos, para cualquier tipo de armamentos. Los misiles Crucero lanzados desde submarinos, los disparos de artillería, las bombas de los aviones, los fusiles del soldado, se basan cada vez más en la información y las computadoras.

No computadoras personales de jugar juegos militares o de escribir documentos, sino potentísimas computadoras entrelazadas, interconectadas en complejísimas redes, que dependen de muchos satélites, sistemas de comunicación eficientes y ultrarrápidos, y diseños de sistemas de comunicación, comando y control que permitan convertir la información que se recibe en “blanco batido” inmediatamente.

Para lograr todo esto, Estados Unidos dispone desde siempre de sistemas computacionales y de telecomunicaciones de primera línea, que aplicados al sofisticado y modernísimo armamento de sus arsenales, lo convierten no solamente en el primer superpoder militar del planeta, sino en el único superpoder.

Todos los recursos militares del resto del mundo combinados no superan en efectividad ni poder de fuego los recursos de defensa de Estados Unidos.

La lógica haría suponer que los adversarios y eventuales enemigos cejarían en sus intentos de retar o vencer a Estados Unidos, pero en estos temas la lógica es relativa y la historia de la humanidad demuestra que para cada arma ha surgido siempre la contraparte que permite enfrentarla.

Y si la guerra no puede ser frontal, por imposible, entonces hay que recurrir a otro tipo de guerra: la guerra asimétrica, la contra-guerra del siglo XXI, la “guerra de guerrillas” de la era informativa.

Poco a poco han ido encontrando terreno común grupos sobrecogedores de diversas partes del mundo, para los que el cemento unificador es el rechazo patológico a Estados Unidos y los valores fundamentales de las democracias occidentales: fundamentalistas musulmanes, terroristas de vocación y profesión, comunistas nostálgicos, populistas desbocados, mafias recicladas de antiguas nomenclaturas, guerrilleros, conspiradores, narcotraficantes.

Siempre existieron, pero es ahora, por primera vez, que se dan determinadas condiciones a su favor para esta alianza macabra. Así se unen la capacidad financiera proveniente del tráfico de drogas y de gobiernos de naciones petroleras como Irán y Venezuela, las capacidades tecnológicas de estados hostiles y rudos como Cuba y Corea, y la experiencia operativa de terrorismo urbano de grupos subversivos como el IRA y la ETA.

También las líneas de suministro y comunicación establecidas por narcotraficantes y comerciantes de armas, la vocación suicida y de martirologio de fundamentalistas musulmanes que vuelan en los aviones contra las torres o se sienten orgullosos de apretar el detonador del cinturón de explosivos que llevan a la cintura, y las capacidades de inteligencia, contrainteligencia y subversión de naciones como Cuba, Venezuela, Corea, Irán, o Siria.

Todos unidos en la internacional antiamericana y antidemocrática, con misiones muy bien definidas y suficientemente organizadas: no se le pide dinero a Cuba, que no tiene, sino interferencias tecnológicas y ciberataques contra los sistemas computacionales y de comunicaciones de Estados Unidos. Para esto está la UCI, Universidad de Ciencias Informáticas.

No se le pide a un venezolano que se lance con una bomba a la cintura contra una instalación militar o civil, pues para eso están los palestinos y los aspirantes a mártires de las naciones árabes, sino que haga fluir el dinero de la nación a los grupos hostiles a Estados Unidos.

No se le pide a Tirofijo que fabrique bombas nucleares, tarea que corresponde a iraníes y coreanos, sino que preste su territorio para entrenar terroristas de IRA y ETA, y sus canales de comunicación y tránsito para que fundamentalistas suicidas que están en Paraguay y Brasil puedan llegar a Estados Unidos.

Al Jazeera divulga toda la propaganda disfrazada de información, y Hugo Chávez crea TELESUR con asesoría cubana y con igual propósito. Dinero no falta nunca. Las mafias recicladas del antiguo bloque soviético mueven armas y municiones hacia puntos neurálgicos a cambio de ese dinero, y al-Qeida busca desesperadamente armas de exterminio en masa.

Y si hay demanda, la oferta aumenta continuamente. No se ofrecen bombas nucleares necesariamente, porque no se puede: pero a los compradores les basta con las bombas nucleares “sucias”, de poco poder explosivo relativo, pero de un mortal despliegue de radioactividad.

Y armas biológicas y bacteriológicas: la propagación de la viruela, el ébola, el cólera, o mortíferas nubes de gases de sarín, somán, cianuro: se pueden fabricar en Irak o Siria o Sudán, y lanzarlas en misiles, proyectiles de artillería, bombas áreas, aerosoles, o tal vez un camión cisterna manejado por un suicida.

Armas que harían la envidia de los verdugos de las cámaras de gases de Auswicht o Buchenwald, donde se produjo parte de ese holocausto que el presidente iraní se empeña en ignorar, mientras Fidel Castro y Hugo Chávez defienden el sagrado derecho de Irán a enriquecer uranio “con fines pacíficos”.

Sobre las actividades del régimen cubano en estos programas de guerra asimétrica, y su papel en los aspectos relativos a la guerra cibernética, hay abundante información en esta serie especial que está presentando LA NUEVA CUBA, y especialistas de alto calibre aportan valiosa información sobre los temas especializados.

Hay que añadir solamente que el programa cubano de la llamada Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), que agrupa en total a más de cuarenta y cuatro mil estudiantes, ocho mil de ellos en la sede central y el resto en provincias, con miles de computadoras a su disposición, tiene tres direcciones fundamentales de trabajo:

1) la guerra cibernética contra Estados Unidos, y el apoyo a las actividades del programa “bolivariano” en América Latina y el Caribe, donde Rusia y China, calladamente, no son ajenos a los esfuerzos cubanos y asesoran con tecnología y experiencias;

2) el bloqueo total al acceso a la libre información de Internet por la población cubana, controlado durante más de cuarenta y cinco años por los medios de difusión bajo férrea fiscalización estatal y partidista; y

3) las necesidades cibernéticas de la economía y la tecnología en Cuba, que es lo menos importante en el concepto del gobierno cubano.

La importancia que da el régimen cubano a los dos primeros aspectos mencionados, y sobre todo al de la guerra cibernética contra Estados Unidos, y el poco interés en el desarrollo tecnológico y económico del país, queda demostrada con la persona designada para dirigir el programa de seguridad de redes.

En el documental disponible en su totalidad en LA NUEVA CUBA, copia obtenida del video elaborado por el Consejo de Estado sobre los problemas y la crisis surgida en la UCI, aparece un caballero de más de sesenta años, de hablar pausado y traje de civil, sin corbata, afable, con un crédito como Alejandro Ronda, Director de Seguridad de Redes Informáticas.

Este caballero en realidad es el General retirado Alejandro Ronda Marrero, ex Jefe de Tropas Especiales del Ministerio del Interior cubano, y del que se dice (pues, como es natural, en estos casos es difícil tener confirmación oficial), estuvo vinculado al exitoso atentado contra Somoza en Paraguay, al fallido atentado contra Pinochet en Chile, en la fuga de presos en helicóptero de un penal de alta seguridad en Chile, en el ataque al cuartel de La Tablada en Argentina, y a las actividades de los sandinistas en Nicaragua, entre otras cosas.

Como puede verse, un extenso currículum de especialista cibernético, de computadoras y redes, todo un excelente trabajador civil de la Revolución dedicado por entero al desarrollo del país y el avance tecnológico de la nación.

Si todos nos alegramos cuando cayó el Muro de Berlín, cuando se disolvió el “Imperio del Mal” soviético, o cuando los misiles rusos dejaron de apuntar directamente a Estados Unidos, estuvo bien. Si pensamos que era “el final de la historia”, estuvo mal.

Fue el final de las guerras del siglo XX, del milenio. Pero la inauguración de las guerras del siglo XXI.

Una bomba “inteligente” puede destruir muchas instalaciones de computación y antenas parabólicas, pero no virus ni “gusanos” de computadoras telefónicamente transmitidos. Una brigada helitransportada puede detener un golpe de estado terrorista, pero no un barril de sustancias tóxicas o contagiosas esparcido en una tienda o un supermercado. Un láser puede destruir en el aire un misil enemigo, pero no un aspirante a mártir con su carga mortífera amarrada a la cintura.

Consiguientemente, Estados Unidos y las democracias occidentales también se preparan para la guerra asimétrica. Sus instalaciones de defensa, administrativas, de gobierno, financieras, de control, de tráficos, de comunicaciones, tienen que ser invulnerables a los ataques de la guerra asimétrica, y ser capaces también de golpear y contragolpear en estas direcciones cibernéticas.

Naturalmente, las democracias no recurrirán a las armas químicas o biológicas en esta guerra: pero si los contragolpes cibernéticos no bastaran para aniquilar o neutralizar a los enemigos hostiles, siempre queda el recurso “convencional”: los bombazos del siglo XXI.

Inteligentes o no, los demonios de fuego que pueden desatar Estados Unidos y el mundo libre frente a sus enemigos, son impresionantes. La guerra fría se ganó sin disparar armas nucleares. La guerra asimétrica podría ganarse también en el teatro de operaciones asimétrico, sin recurrir a bombas convencionales y portaaviones.

La forma en que se ganen la guerras del siglo XXI depende de muchas variantes. Lo que queda claro es que no pueden perderse en ninguna circunstancia.

En la guerra asimétrica, como en la guerra fría y todas las guerras “calientes”, no tenemos alternativa para la victoria.

Si hoy Cuba está del lado equivocado en la “asimetría”, a causa de su nefasto régimen, llegará el día en que muchos de esos recursos y talentos que hoy se reúnen en la UCI para hacerle daño y reprimir al pueblo, y difundir solamente oscurantismo y odio, estarán del lado correcto de la ecuación, luchando en las guerras asimétricas del siglo XXI del lado de la libertad, la democracia y el progreso.

Y todos los macabros planes actuales del gobierno, y sus creadores y ejecutores, estarán en un basurero de la historia que no será nada virtual ni asimétrico.

LAS GUERRAS DEL SIGLO XXI

Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 17, 2006

 

la información que se muestra en esta página pertenece al portal informativo de

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